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martes, diciembre 19, 2006

Carol y su querido Papi

Aunque su madre no era gran cosa, hay que admitir que, por uno de esos milagros de la genética, Carol nació con el estigma de la belleza. Y, por si eso fuera poco, desde bien pequeñita se destacó por una simpatía y un desparpajo que dejaban maravillados a cuantos la conocían. Sencillamente, era toda una ricura de niña y un auténtico encanto, se la mirase como se la mirase.
Sebastián, su padre, hombre bondadoso y cordial donde los hubiera, se sintió tan orgulloso de "su obra" que de punto y hora decidió no tener más descendencia, convencido de que el caso de Carol no podría nunca volver a repetirse. Carmela, su esposa y madre de la criatura, mujer por demás atolondrada y pusilánime, no puso objeción alguna a la resolución adoptada por su cónyuge; en realidad, careció siempre de juicio propio y no iba a hacer precisamente alarde de él en aquella cuestión.
Subyugado por tan celestial vástago, Sebastián fue el padrazo más padrazo de todos los padrazos habidos y por haber. Salvo darle el pecho, cosa que no estaba a su alcance, él se cuidó de dispensar todas las demás atenciones a su hija. Era natural, pues, que Carol fuese adquiriendo por su padre un amor que rayaba en la devoción.
Los años fueron pasando, la hermosura de Carol se fue afianzando y completando con los nuevos atributos que conllevaba el transcurrir del tiempo y aunque para Sebastián ella seguía siendo su niña, la niña cada vez lo era menos y acabó dejando de serlo por completo para convertirse en una hembra de esas que, una vez que se ven, ya no se olvidan.
Siendo objetivos, hay que señalar también que Sebastián era un tipo bastante apuesto, que se preocupaba de mantenerse en forma y que, sin ser lo que se dice un metrosexual, gustaba de cuidar su apariencia sin excesiva afectación, pero con notable estilo. Y tampoco podemos omitir, si hemos de ser sinceros, que entre sus diversas gracias sobresalían aquellos rotundos veinte centímetros de verga que tanto habían contribuido a que Carmela lo tuviera en tan alta estima, dejándose llevar siempre por él y dando por bueno cuanto él acordara, cuidándose muy mucho de contrariarle en nada; y es que, aunque timorata y sosota, imbécil no era y sabía valorar en su justa medida aquel pedazo de falo, que ahuyentaba todas sus penas una noche sí y la otra también.
Mas se daba la circunstancia de que Carol tampoco tenía nada de tonta y, pese a que el bien avenido matrimonio procuraba llevar con máxima discreción sus relaciones más íntimas y se abstenían de toda manifestación a su presencia, ella sabía perfectamente lo que ocurría cada noche en el lecho nupcial e incluso llegó en más de una ocasión a tratar de reproducirlo mentalmente, notando cómo su sangre le hervía y su virginal rajita se humedecía. En otras palabras, Carol sentía deseos de ser partícipe en aquel banquete que, de momento, sólo a su madre le estaba permitido. Y es que aun no teniendo práctica ninguna, la muchacha había adquirido ya suficiente teoría para conocer lo más esencial de los secretos de alcoba.
Irremisiblemente, Carol comenzó a masturbarse en sus noches solitarias y alcanzó sus primeros orgasmos evocando siempre la figura de su padre, lo cual en principio le provocó cierto desasosiego; por supuesto, ello no fue óbice para que siguiera dándole a los deditos, cada vez con más énfasis y frecuencia, no ya solo frotando sino también hundiéndolos en su divino tesoro hasta el tope de su virginidad.
Huelga decir que no eran aspirantes los que le faltaban a Carol para colaborar en la superación de ese tope; pero, aparte del lógico temor y de no haber hallado a nadie que le hiciera verdaderamente tilín, la creciente adoración que sentía por su padre eclipsaba a todos los demás varones del planeta y cada vez estaba más convencida de que su himen era demasiado valioso para ponerlo al alcance de cualquiera.
El problema estribaba en que su padre parecía seguir considerándola una niña a todos los efectos y así continuaba tratándola. De hecho, en lo único que había experimentado algún cambio respecto a sus relaciones con ella consistía en una mayor reserva a la hora de ducharse o hacer uso del servicio: antes no se preocupaba de cerrar la puerta del cuarto de baño ni de que ella pudiera sorprenderle desnudo y ahora la cerraba a cal y canto cada vez que entraba en él.
Carol había tenido ocasión de ver más de una vez aquella sorprendente cosa que pendía entre las piernas de su padre y hasta, llevada por su infantil curiosidad, llegó a tenerla entre sus manos en un par de ocasiones mientras acribillaba a su progenitor con preguntas que quedaban en su mayoría sin respuesta. Por no saber, Carol no sabía entonces que aquella cosa, en determinadas circunstancias, sufría una transformación radical en su apariencia, pasando de fláccido colgajo a sólido bastión de la virilidad. Nunca había visto la segunda versión y, ahora que poseía cierta noción de tal metamorfosis y de las causas que la desencadenaban, trataba de imaginarse cómo sería la polla de su padre en plena erección y, más aún, se sentía tentada de ser ella misma quien se la propiciara. Pero todo ello no pasaba de ser meras fantasías que no creía pudieran llegar nunca a ser realidad, ya que no se veía con valor para proponérselo ni esperaba que su padre le facilitara las cosas lo más mínimo.
Más el azar, que todo lo enreda, quiso que una mañana Sebastián no tomase la precaución de cerrar la puerta del cuarto de baño, bien sea porque le apremiaba vaciar la vejiga o porque consideraba que aún Carol estaría durmiendo. Y Carol no sólo no estaba durmiendo, sino que sintió igual necesidad y acudió rauda a satisfacerla, encontrándose de sopetón con el inesperado espectáculo: Sebastián tenía uno de esos soberbios empalmes mañaneros y sus veinte centímetros lucían a pleno fulgor.
Fue algo fugaz, pues Sebastián, lanzando un reniego por lo bajo, se apresuró a girarse lo suficiente para que su escandaloso cipote quedara oculto a los ojos de su niña; pero la niña ya había visto lo que tenía que ver y aunque también se retiró pidiendo excusas, la sorprendente imagen quedó grabada en su cerebro. A partir de ese momento, Carol se propuso que semejante portento debía ser suyo y empezó a estudiar la estrategia a seguir.
No tenía la muchacha mayor experiencia en el campo de la persuasión, mas el instinto femenino es muy sabio y no tardó en hallar el camino de hacer valer sus armas de mujer. El procedimiento era bien simple: emplear la ingenuidad infantil que se le suponía para poner de manifiesto que ya había dejado de ser una niña.
Todas las noches se producía un momento más que propicio para llevar a cabo su estrategia. Si Carmela era consumidora habitual de telebasura, Sebastián sentía una franca repugnancia hacia tales tipos de programas y, antes que tener que soportarlos, prefería irse a la cama y allí esperar, leyendo algún libro o cualquier revista o periódico, a que su esposa acudiera. Carol, a quien tampoco llamaba en exceso la atención la programación televisiva, consideró que ella podía ser un buen instrumento para hacer más llevadera la espera a su querido padre. Y empezó a tomar por costumbre irse con él a la cama a darle compañía en tanto Carmela devoraba el bodrio de turno, iniciativa que Sebastián recibió con gran agrado dada la auténtica pasión que sentía por su hija y teniendo en cuenta que ésta, en principio, no se apartó un ápice de las normas de conducta habituales, a sabiendas que las prisas no harían sino poner en peligro el éxito de su empresa.
Así, las primeras noches acudió completamente vestida y se limitaba a contar a su padre las pequeñas incidencias del día, pidiéndole consejos sobre tal o cual cosa casi siempre relacionada con sus estudios, intercalando de vez en vez alguna que otra anécdota real o inventada. Ni qué decir tiene que Sebastián gozaba de lo lindo con aquellos deliciosos momentos que compartía con su niña y acabó acostumbrándose pronto a ellos, de forma que si ella alguna noche no acudía era él quien la reclamaba. El buen hombre no sabía que, de esta manera, Carol veía cumplida la primera fase del plan que se había trazado.
El siguiente paso consistió en irse aligerando paulatinamente de ropa, dejando cada vez más en evidencia sus irrefutables atributos de mujer ya bien formada, y empezar a tocar temas más acordes con la finalidad que perseguía, todo ello con una naturalidad e inocencia que en modo alguno podía despertar sospechas.
—Oye, papá: ¿no te parece que mi teta izquierda es más grande que la derecha?
A fin de que el interrogado pudiera emitir un más atinado y fundamentado veredicto, Carol no dudo en mostrarle acto seguido los objetos sometidos a consulta. Sebastián, pillado de sorpresa, se quedó por momentos un poco parado; pero rápidamente reaccionó, pues al fin y al cabo se trataba de su propia hija y no tenía nada de particular que recurriera a él para plantearle algo que tal vez le preocupaba. Se encajó, pues, las gafas, para apreciar mejor cualquier posible diferencia y, luego de un pormenorizado examen, llegó a la conclusión de que las tetas de Carol no sólo se desarrollaban a igual ritmo, sino que se desarrollaban a un ritmo y con unos contornos que ya quisieran muchas.
—Cariño —dictaminó al tiempo que volvía a desprenderse de sus lentes—, tus pechos son tan perfectos, y tan idénticos el uno al otro, que constituyen un verdadero dechado de simetría.
—Pues yo tengo la impresión de que el izquierdo es algo más grande. Y hasta me noto un bultito que no tengo en el derecho.
El rostro de Sebastián pasó a denotar una súbita preocupación.
—¿Cómo que te notas un bultito? ¿Dónde?
Carol se oprimió el seno sospechoso y palpó con las yemas de los dedos unos instantes.
—Aquí —dijo, marcando un lugar próximo a la rosada areola.
—A ver, a ver... —Sebastián volvió a calarse las gafas y empezó a palpar suavemente la región señalada.
—Tienes que apretar un poco más fuerte —le indicó Carol.
El honorable padre, que por elemental pudor nunca había explorado zonas tan delicadas de forma tan directa, apenas se atrevió a aumentar la presión y hubo de ser la propia Carol quien, sujetándole la mano, le obligara a estrechar el cerco a la búsqueda del inquietante bulto.
Aquello acabó convirtiéndose en un amplio y completo sobeo, sin que se pusiese de manifiesto ninguna otra dureza que no fuera la del erecto pezón. Sebastián, cada vez más azogado, acabó retirando la mano como si se abrasara.
—¡Anda, chiquilla! No tienes bulto ninguno. Sólo son aprensiones tuyas.
—¿Has visto, papá, que cosa tan curiosa? —cambió Carol radicalmente de tema—. El pezón se me ha puesto tieso como cuando tengo mucho frío.
—Eso es natural, hijita. Los pezones son eréctiles y se ponen así cuando son estimulados.
—¿Como tu pene?
Sebastián se quedó de una pieza ante semejante pregunta; sin embargo, Carol la había formulado de una forma tan cándida que no había lugar a alarma.
—¿Por qué sabes que mi pene es eréctil?
—Porque siempre te lo había visto encogido y la otra mañana lo tenías completamente rígido.
—Pues sí, tienes razón. El pene también es un órgano eréctil.
—¿Y también se pone así cuando es estimulado?
Por aquella noche, el sufrido Sebastián se salvó de tener que hacer más aclaraciones gracias a la providencial llegada de su señora esposa. Carmela se sorprendió un poco al ver a su hija con las tetas al aire, pero no hizo comentario alguno al respecto. Tampoco lo hizo cuando, una vez ausente Carol, observó cómo la verga de su marido estaba ya lista para la batalla sin necesidad de precalentamiento alguno.
Aquello, como ya sospechara Sebastián, sólo fue una tregua. Carol, a la noche siguiente, retomó la conversación en el punto en que la habían dejado.
—Si yo te lo acaricio, ¿tu pene se pone tieso como mis pezones?
—Posiblemente, sí.
—¿Me dejas probar?
El bueno de Sebastián no supo qué contestar. Negarse podría resultar contraproducente, pues ello podría incitar a Carol a pensar cosas raras y formarse una idea equivocada de la cuestión; por otra parte, dejar que su hija le acariciara sin más, le pondría en una difícil tesitura, pues seguro que ello provocaría nuevas y más comprometidas preguntas.
Porque ello estaba más acorde con sus pretensiones, Carol interpretó el silencio de su padre como una señal de aquiescencia y, metiendo su mano por debajo de la sábana, fue palpando hasta dar con su objetivo. La primera toma de contacto se produjo por encima del pantalón del pijama, aunque tan débil barrera no fue suficiente para contrarrestar los efectos del torpe pero excitante toqueteo, con lo que la verga de Sebastián, que nada entendía de parentescos, comenzó al punto un imparable proceso de elevación y envaramiento.
—Bueno, cariño —trató de zafarse Sebastián—, ya vale.
—¿No te gusta? —se aferró Carol con más ahínco a la creciente masa.
—No es cuestión de gusto, sino... —Sebastián se calló, no sabiendo qué explicación dar.
—¡Ya sé cuál es el problema!
—¿Cuál?
—Prefieres que te lo acaricie con la boca.
—¡Pero, hija, cómo se te ocurre tal disparate!
—¿No es cierto que a los hombres os gusta que os lo chupen?
—¿Dónde has aprendido tú esas cosas?
—Lo he oído por ahí.
Como Carol no había dejado de incordiar con su díscola mano, la polla de Sebastián se había convertido ya en el soberbio pollón que en realidad era.
—Pues sí es cierto que nos gusta que nos la chupen —acabó reconociendo—; pero no es correcto que una hija se la chupe a su padre.
—¿Por qué? ¿Qué diferencia hay entre una hija y una esposa?
—¡La sangre, hija, la sangre! —replicó Sebastián, a falta de mejor argumento, esforzándose en disimular su excitación.
—¿Qué pasa con la sangre? ¿Sangrarás si te la chupo?
—No es eso, cariño. Lo que quiero decirte es que por tus venas y por las mías corre la misma sangre.
—¿Y eso qué tiene que ver?
Si siempre había bendecido la simplicidad de su hija, ahora Sebastián la maldecía por ser la causante del aprieto en que se veía. No podía decir que aquello le disgustaba, porque su verga, a punto de reventar, le delataba. ¿Cómo podría explicar convincentemente que aquello no estaba bien? Porque Carol no era tonta y no se iba a dejar convencer con historias de Reyes Magos. Y ahora que, por primera vez en su vida, intentaba buscar una excusa razonable, llegaba a la conclusión de que el tema del incesto era como un dogma de fe; que lo consideraba como algo denigrante porque así se lo habían inculcado desde pequeñito, aunque nunca le hubieran aclarado el porqué. Además, en este caso concreto, ni siquiera se trataba de follar, sino de una simple felación.
—Está bien —claudicó. Y, para ganar un tiempo que le permitiera hallar alguna explicación mínimamente aceptable, argumentó—. Lo probaremos en un momento más adecuado, pues tu madre debe de estar al venir; y convendrás conmigo en que no estaría nada bien que nos viera a ti y a mí haciendo... lo que tú propones.
Carol encontró adecuada la excusa y no insistió más en el asunto; pero el periodo de reflexión que Sebastián buscaba con ansiedad expiró mucho antes de lo previsto. A la tarde del siguiente día, Carmela no tuvo mejor ocurrencia que irse a la peluquería y eso implicaba que iba a permanecer ausente durante al menos dos o tres horas. Y, tal y como el hombre se temía, Carol entendió enseguida que había llegado el "momento más adecuado" y volvió a la carga sin andarse por las ramas y poniéndose para la ocasión el vestido más corto y escotado que tenía, sin ninguna otra cosa debajo.
—Ahora sí que puedo chupártela tranquilamente —abordó a su padre, que se había arrellanado en su sillón preferido, dispuesto a echar un vistazo a la prensa del día.
Sebastián intentó hacerse el sueco, pero Carol no le dio la menor opción.
—¿Te la sacas tú o te la saco yo? —insistió la joven, puesta ya de rodillas entre las piernas de su progenitor.
—Pero, ¿por qué ese empeño en chupármela, hija mía? Si lo más probable es que ni siquiera te guste.
—Si te gusta a ti, me gustará a mí.
Y el pobre y probo Sebastián, el mismo que siempre había mirado a su hija de la misma forma que se mira a algo sagrado, viendo aquella preciosidad de cara y el no menos turbador paisaje que las firmes tetas de su hijita ofrecían por el generoso escote, ya no supo muy bien qué pensar ni mucho menos qué decir. Visto objetivamente, resultaba innegable que Carol era todo un bombón y, llegados a tal situación, la cuestión de los lazos sanguíneos y demás prejuicios cada vez parecían menos importantes.
En vista de que él no se decidía, Carol atacó decididamente la bragueta, liberó los cuatro o cinco botones que la cerraban y batalló con los calzoncillos hasta lograr que asomara al exterior el ilustre vecino que allí se alojaba, que ya para entonces presentaba un más que envidiable aspecto.
—¡Caramba, papá! —exclamó Carol contemplando el saludable aparato—. Tu pene está gordo y duro sin necesidad de estimularlo.
—¿Te parece poco estímulo tu presencia? —dijo el interpelado, que ya ni sabía lo que decía.
—¿Quieres decir que sólo con verme ya se te pone así?
—Con esa vestimenta que llevas puesta...
—¿Puedo empezar ya? —pidió Carol la venia.
—¿Para qué quieres empezar? —intentó resistirse Sebastián, aun deseando en el fondo que la función no se suspendiese—. Como ves, ya no es necesario.
Pero Carol no reparó en argumentos y se lanzó de lleno a su tarea. Abarcando con la diestra el portentoso tallo, inclinó lo justo la cabeza y empezó a rozar con sus labios el enrojecido bálano, que pasó a tomar una coloración casi purpúrea.
—¿Cómo te gusta más que te lo haga? —inquirió Carol.
—Hazlo como mejor te plazca —trató de excusarse Sebastián, que en vano intentaba fingir que su atención estaba centrada en el periódico.
—Nunca he chupado ningún pene. Supongo que no será como chupar un pirulí o un caramelo.
—Da igual, hija. Chupar es chupar y lo mismo da que sea o no un pirulí.
—Pero es que yo quiero hacerlo de la forma que más te guste.
—De cualquier forma que lo hagas, puedes estar segura que me gustará.
Viendo que su padre no estaba dispuesto a sacarla de dudas, Carol consideró que lo mejor sería dejarse guiar por su intuición y esa intuición la llevó a tragar todo el tramo de tranca que le permitió su cavidad bucal hasta sentir como chocaba contra sus fauces. A partir de ahí comenzó a lamer y chupetear, metiendo y sacando el admirable instrumento y no tardando en descubrir que había cierta zona en el envés del prepucio que hacía que su padre se estremeciera cada vez que pasaba por ella la lengua. A pesar de que las dimensiones del objeto eran ya tan considerables que apenas si podía abarcar la mitad con su boca, Carol apreció, con una mezcla de asombro y orgullo, que aquello no paraba de crecer y engordar; incluso su contorno iba cambiando por momentos y cada vez se hacían más notorias unas gruesas venas, que parecían querer reventar la fina piel que las recubría.
Animada por lo que juzgaba eran pruebas de que lo estaba haciendo bien, siguió aplicando el mismo procedimiento con mayor entereza si cabe, pugnando, a cada nuevo intento, por introducir más y más cantidad de carne en su boca, sobreponiéndose a las arcadas que le llegaban a producir cuando la sentía completamente tupida, con la gruesa punta presionando sobre sus amígdalas.
Sebastián no dejaba de rebullirse en el asiento, y el periódico que aún sustentaba en sus manos amenazaba con convertirse en un revoltijo de papel. Los problemas de conciencia que hubiera podido albergar, se habían disipado hacía rato, en la misma medida que aumentaba el placer que la mamada le deparaba. Ya no pensaba ni por asomo que no era sino su propia hija quien se estaba encargando de aquel trabajo. De siempre se ha dicho que picha dura no cree en Dios y la de Sebastián se había tornado poco menos que diamantina. Así las cosas, hecho un manojo de nervios y sacudido por estremecimientos cada vez más vívidos y prolongados, lo único que veía ante sí era a una hembra que estaba para comérsela cruda.
Carol, que ya veía próximo el desenlace, aceleró aún más sus movimientos y, al mismo tiempo que sus labios y su lengua seguían yendo y viniendo a lo ancho y largo del inmenso falo, allá donde unos y otra no alcanzaban puso en ejercicio su mano, improvisando una especie de masturbofelación o felamasturbación que arrancó verdaderos aullidos de la garganta del homenajeado.
Sebastián aguantó hasta lo inaguantable; pero el límite de lo inaguantable fue también superado y su tremenda verga explotó y lanzó auténticas balas de semen contra las profundidades de la boca de Carol, que ingirió todo lo que le llegaba a la garganta sin tan siquiera tener tiempo de degustarlo; pues, viendo los devastadores resultados que con ello provocaba, ella seguía mamando y succionando del gigantesco pedúnculo como si le hubiera entrado el mal del movimiento continuo.
—¡Por favor, basta ya! —tuvo que clamar su padre, que con el encendimiento se había comido casi media hoja del rotativo, reducido ya a una bola de papel.
Pero Carol siguió con lo suyo en tanto el monolito mantuvo su rocoso aspecto, no cesando en su impulso hasta que la roca devino a arenisca.
—Querida hija —dijo Sebastián muy serio cuando ya la aludida se había puesto en pie—: esto se merece una adecuada recompensa.
—¿Lo he hecho bien?
—Ni tu santa madre lo ha hecho nunca tan bien.
No cabiendo en sí de gozo, Carol se sentó sobre su desvencijado padre y pasó los brazos en torno a su cuello, apretándose contra su pecho.
—¿Cuál va a ser mi recompensa? —preguntó zalamera.
—Hoy ya no nos queda tiempo —consultó Sebastián su reloj—, porque tu madre lregresará de un momento a otro; pero, a la primera ocasión que se nos presente, recibirás el premio que tan brillantemente te has ganado.
Y mientras la ocasión se presenta, hagamos un alto en el camino y dejemos para un próximo capítulo la ceremonia de entrega de tan merecido galardón; porque eso, como suele decirse en estos casos, es ya otra historia.